El Farallón de Inestrillas

El farallón rocoso de Inestrillas no es la catedral de Burgos, ni la iglesia románica de San Juan de la Peña. Quizás carece de la monumentalidad o espectacularidad de tantos y tantos ejemplares de los que está sembrada la geografía española y riojana. Ni que decir tiene que, seguramente, no es equiparable a Contrebia Leukade o a cualquiera de las iglesias de nuestro entorno, pero es innegable que el conjunto de cuevas, construcciones adosadas como el “palacio”, la “cárcel” y otras, o del castillo roquero que se muestran en el farallón rocoso de la Finistriellas medieval son una provocación misteriosa, un cuestionamiento sobre la historia desconocida que ocultan, una interrogación al pasado que protagonizaron y un reclamo a la atención de cuantos pasan ante él.
En este país de abundante, rico y espectacular patrimonio no hemos sido muy dados a conservar y proteger nuestro pasado histórico y monumental. Pero sí somos proclives al lamento y a la crítica cuando nos topamos con una ermita en ruinas, un castillo hundido o un tesoro artístico perdido por la desidia y la ignorancia de quienes pasaron (¿Pasamos?) a su vera… cuando ya no hay remedio. No olvidemos que cerca del farallón de Inestrillas la maleza oculta las ruinas ruinosas de la ermita de San Roque, en el término de su nombre.
Este conjunto casi abandonado, se va desmoronando con el paso del tiempo y, a lo largo de los últimos meses hemos visto como se ha desprendido un fragmento del muro del “palacio”. Todo ello, en otro tiempo habitado, muestra la ruina actual por la desocupación humana. No es ninguna catedral, palacio o castillo, pero no me cabe duda de que es un conjunto arquitectónico singular, original ante el que el visitante foráneo se pregunta: ¿merece la pena conservarlo y aun rescatarlo?
Ante la vista que ofrece surgen más preguntas. ¿Acaso es una vulgar ruina merecedora de total abandono y despreocupación? Y como ruina, ¿no será algo molesto, peligroso y despreciable en el que invertir recursos es perder tiempo, dinero y energías? Preguntas que no nos planteamos ante otros espectáculos en principio más espectaculares en los que es más fácil reconocer conjuntos con rasgos más llamativos, monumentales, con interés en sí mismos. Pero ¿acaso Inestrillas no resulta ser también un conjunto suficientemente llamativo, monumental y con interés en sí mismo?
Todo lo que vemos aquí caracteriza de manera singular a Inestrillas y puede ser un atractivo turístico en sí mismo. Pero no podemos limitarnos al valor turístico de las cosas, no movernos a actuar, solamente, por el componente turístico; también la historia tiene valor en sí misma, el patrimonio merece aprecio colectivo y su conservación ha de centrar la mirada de las autoridades y pueblo en general de manera que, aun cuando los objetos de interés sean de propiedad particular, como es el caso del “palacio”, se han de tomar iniciativas a tiempo para mantener lo que todavía permanece y que es legado de muchos siglos, aunque el deterioro y el abandono lo hayan hecho pasto de la desidia, y la modernidad le hayan vuelto la espalda. El desinterés y la falta de recursos no pueden ser la caries que lo destruya.
Ahora se necesitaría algún estudio del conjunto que ayude a desempolvar la historia que encierra y que marque las directrices a seguir en su intervención. Está de moda hablar de plan director. Da miedo porque en el momento que intervienen los profesionales con sus planes directores, la economía se dispara y ello, quizás, sea un nuevo elemento careador al que nos referíamos.
Si el cuidado de las cosas, de la historia, de nuestro patrimonio está en relación directa con la sensibilidad, en Inestrillas todavía no se han compenetrado estos dos conceptos de cuidado y sensibilidad. Pero este caso merece la pena… Aquí hay que intervenir.
El pobre-patrimonio-pobre de Finistriellas nos provoca.
José-Ángel Lalinde González
Aguilar, 25 de agosto de 2005
